miércoles, 16 de diciembre de 2009

TUX, la bloguera y la hora de los hornos

En la "Bloguera Radial" (el programa conducido por Gerardo y Sebastián que sale de lunes a viernes por radio América de 20 a 22 hs) escuché al bloguero TUX hablar sobre la correspondencia entre movimientos culturales y movimientos políticos.
El caso es que se hablaba de que algunos movimientos políticos produjeron movimientos culturales y que en otras ocasiones movimientos culturales y políticos explotan juntos.

En la página "Perón vence al tiempo" leemos a Pancho Pestanha hablar de un fenómeno que no contradice las opiniones de los blogueros antes mencionados, pero aporta una variante. Según Pestanha (y J. W. Wally) la magnitud de la revolución política operada a partir del 17 de octubre de 1945, no puede ser cabalmente comprendida si no se la ubica en el contexto de la revolución cultural acontecida en las décadas precedentes, es decir que en el caso del peronismo la madre es el movimiento cultural del cual el movimiento político es hijo dilecto.

"Habíamos contribuido a la maduración de un pensamiento nacional que sólo esperaba el momento histórico y su conducción para manifestarse"
ARTURO JAURETCHE

En un breve ensayo que publicara recientemente el mensuario “La memoria de Nuestro Pueblo”, procuré exponer ceñidamente una idea sobre la que vengo cavilando hace tiempo, y que proclama que la magnitud de la revolución política operada a partir del 17 de octubre de 1945, no puede ser cabalmente comprendida si no se la ubica en el contexto de la revolución cultural acontecida en las décadas precedentes. En dicho texto confesé, además, que el escasamente difundido trabajo de Juan Waldemar Wally “Generación de 1940: Grandeza y frustración”, con el que providencialmente había tropezado un par de años atrás, me había servido de puntapié inicial para elaborar tal hipótesis.
Dicho tropiezo se produce cuando, ciertamente afligido por un ambiente histórico caracterizado por el desasosiego, el hastío y la incertidumbre, retomo los estudios sobre algunos autores vinculados con aquella modalidad epistemológica que Fermín Chávez definió como Pensamiento Nacional. Abocado a tal tarea, y restablecido para siempre el persuasivo vínculo que me uniera a Raúl Scalabrini Ortiz, patriota, literato y norte ideológico de FORJA siento, imperiosamente, la necesidad de indagar con mayor precisión esa notable progenie a la que perteneciera el correntino. Fue entonces, en ese ámbito de exploración y gracias a la Internet, herramienta de potencialidades aún desconocidas en materia de información y comunicación, que fui a dar con el trabajo de Wally.
Poco tiempo transcurrió entre que el autor de esta obra y quien les escribe estableciéramos ese primer contacto virtual, transmutado luego en tertulia telefónica. El primer encuentro personal se produce en aquella Primera Jornada sobre el Pensamiento Nacional organizada junto al amigo Luis Launay en noviembre de 2004. Allí, un breve pero muy enriquecedor intercambio de opiniones respecto del trabajo en cuestión, me permitió reorientar mis indagaciones.
La obra que Juan W. Wally me honra en prologar tiene, para quien les escribe, una virtud que probablemente sólo podamos ponderar en su real dimensión aquellos que nos dedicamos a indagar en la historia. Y permítaseme decir que la de Juan es, precisamente, el tipo de exploración que suele dar en la tecla. Adentrándose con una notable intuición en una cuestión que suele ser llamativamente soslayada por nuestra intelligentzia, Wally pone en evidencia, en el presente ensayo, una cuestión que pocos o quizás nadie había acreditado hasta entonces, al menos de una forma tan precisa, tan clara y tan explícita. Me refiero a la íntima relación que sugiere entre la revolución estético cultural protagonizada por la generación décima, y los componentes y caracteres esenciales del movimiento peronista.
Centrado esencialmente en la labor artística, estética y cultural de una progenie que define como “generación argentina de 1940” (constituida por hombres y mujeres nacidos entre 1888 y 1902), Wally sostiene que nos encontramos, sin lugar a dudas, ante un grupo humano que constituyó una de las mayores riquezas de nuestra historia reciente, y que a partir de su lúcida, creativa y comprometida obra protagonizo, a partir del año 1940, “una gran transformación económico-social” teniendo a la “justicia social” y a la “soberanía integral” como valores dominantes en el marco de una magnifica “revalorización de nuestras raíces culturales”. Esta generación “décima” tiene, para Wally, su etapa de formación entre 1910 y 1925, de expresión entre 1925 y 1940 y de gestión entre 1940 y 1955.
Entre las ideas fuerza que el autor resalta como caracteres esenciales hay en su obra dos que, a mi criterio, merecen especial atención. En primer lugar, el hecho de que esa generación conciba e impulse una profunda revolución estética promoviendo “una ruptura con las formas consagradas, a partir de una nueva sensibilidad”. Para fundar tal aseveración, Wally retrata especialmente a una corriente literaria que produjo diversas publicaciones entre las cuales sobresale Martín Fierro, órgano de difusión que constituye la “expresión de un vigoroso y pluralista movimiento cultural generacional con el vanguardismo literario. Jorge Luís Borges, Leopoldo Maréchal, Oliverio Girondo, Ernesto Palacio, Eduardo González Lanuza, Conrado Nalé Roxlo, Francisco Luis Bernárdez entre otros. Scalabrini Ortíz, Armando y Enrique Santos Discépolo tendrán afinidades con esa publicación”. Coexistiendo con este círculo, otro grupo, reunirá a socialistas, comunistas y anarquistas, entre ellos, Álvaro Yunque, Elías Castelnuovo, Roberto Arlt, Nicolás Olivari, Armando Cascella, Enrique González Tuñón, quienes expresaran “la revolución política, aunque a través de formas tradicionales (realismo, naturalismo)”. Mas allá de los interrogantes planteados por algunas figuras de la época respecto a la real conformación de ambos grupos, lo cierto es que la sola mención de los autores y la vigencia de sus obras, nos exime de cualquier comentario respecto de su importancia e originalidad. Cabe señalar además, como lo demuestra Wally, que esta explosión estética ejemplificada con la referencia al acontecer literario, en manera alguna se circunscribirá a lo retórico sino que se expandirá a todas y cada una de las expresiones artísticas, sea a partir de una legítima aspiración que responda a factores endógenos, sea a partir de la adaptación de orientaciones provenientes del afuera.
Por otro lado, la revolución estética a la que refiere Wally no se ciñó a una simple travesura orientada hacia el quebrantamiento de las formas sino que, probablemente y debido a las condiciones políticas, sociales y económicas de la época, se extendió hacia el sustrato cultural promoviendo un auténtico nacionalismo cultural. En mi opinión, hay al menos al menos tres factores que incidieron en tal fenómeno: las condiciones de desigualdad existentes en la relación bilateral de nuestro país con el Reino Unido de Gran Bretaña, la existencia de una oligarquía displicente e insensible respecto al componente étnico – cultural nativo, y el entonces creciente y activo aluvión inmigratorio.
Wally sostiene, certeramente, que durante el período bajo análisis se produce “una revalorización de la cultura hispano criolla - ya iniciada principalmente por Manuel Gálvez y Ricardo Rojas - y más concretamente a partir del rescate del prototipo gaucho del Martín Fierro por Leopoldo Lugones”. Por su parte, Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche, probarán fehacientemente que “nuestra dependencia económica está estrecha y sólidamente imbricada con nuestra dependencia cultural”. El espíritu de la tierra del que habla Scalabrini, así como el mito gaucho de Carlos Astrada, y la original revalorización del Martín Fierro de Leopoldo Maréchal, constituyen para nuestro autor “jalones literarios que marcan una actitud vital generacional frente a la tradicional anglofilia y francofilia de las clases dirigentes tradicionales”. A todo ello se sumarán, entre otras, “Las denuncias del imperialismo y la oligarquía vernácula de los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, Ernesto Palacio, Raúl Scalabrini Ortiz, Ramón Doll, Diego Luis Molinari y José Luís Torres” así como el “movimiento del revisionismo histórico que tiene como sus adalides a los ya mencionados hermanos Irazusta y Ernesto Palacio; el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas será fundado en 1938″.
La revolución estética y el nacionalismo cultural se expresarán, entonces, a través de una innumerable cantidad de obras y artistas en todos los campos del quehacer estético - cultural. En este sentido, el trabajo de nuestro autor, tiene la especial virtud de contener una medulosa y representativa enumeración de esos dominios, permitiendo al lector adquirir cabal e inmediata comprensión del fenómeno. “Los bellos paisajes de La Boca de Benito Quinquela Martín y los motivos camperos de las caricaturas de Florencio Molina Campos que conectarán la belleza visual con el sentimiento popular”; el desarrollo de la música popular argentina a través de la obra “de Carlos Gardel, Ignacio Corsini, Agustín Magaldi, Azucena Maizani, Rosita Quiroga, Celedonio Flores, Francisco Canaro, Pascual Contursi, Enrique Cadícamo y Enrique Santos Discépolo; el ímpetu prodigioso de teatro nacional que tendrá “a Armando Discépolo, Alberto Vacarezza, Samuel Eichelbaum, Luis Arata, entre otros, su destacados cultores”, y, finalmente la revalorización del folklore a partir de la obra de Juan Alfonso Carrizo y Carlos Vega serán expresiones diferentes de un mismo fenómenos que se constituirán en verdaderos hitos culturales del país.
Cabría señalar acá que el hecho de haber protagonizado un fenómeno tan potente como el que describe este ensayo no significa que el itinerario político de los integrantes de esta generación haya sido homogéneo, y menos aún, su actitud frente al primer peronismo. La influencia de un proceso cultural tan poderoso como el que nos ocupa excede, y es lógico que así sea, la propia posición de sus protagonistas. Sin embargo, desde una desapasionada lectura de la obra, y ubicado en una perspectiva que claramente se enlaza con la del autor surge, naturalmente, que la influencia de la generación décima resulta decisiva para los acontecimientos sociales y políticos que ocurrieron a mitad del siglo pasado, en particular para el surgimiento del movimiento nacional que condujera Juan Domingo Perón. En síntesis, queda claro que Wally acredita, con una claridad meridiana, que desde los albores del siglo pasado comienza a gestarse un movimiento estético – cultural, profundamente revolucionario, que sin lugar a dudas tuvo profundas y muy significativas incidencias en el dominio de lo político.
De ahí nuestra proposición de que la revolución estético - cultural precede a la revolución política, a la que le otorga un sentido y contenido específicos. La labor interpretativa de este proceso estuvo, como queda acreditado en los tres volúmenes de “FORJA, 70 años de Pensamiento Nacional, editados por la Corporación Buenos Aires Sur, en las manos de la Fuerza de Orientación Radical para la Joven Argentina (F.O.R.J.A) y de otras luminarias de la talla de José Luís Torres, Ramón Doll, los hermanos Irazusta, Manuel Ortiz Pereyra, componentes de esta generación, quienes al llevar al campo de la literatura política los grandes lineamientos de la convulsión cultural, se transformaron en cultores de un verdadero protoperonismo, que excedió, inclusive, sus propias expectativas y aspiraciones.
Las afirmaciones precedentes encuentran sustento, además, en aquel interrogante que circulara en los ambientes filosóficos locales de la época; la pregunta por la Argentina, la incógnita por nuestra identidad, que no sólo representaba la indagación en nuestra tradición en el sentido de configuración ontológica de nuestro pasado, sino también la demarcación de un universo de pertenencia y de sustento para nuestro futuro.
El recientemente desaparecido Fermín Chávez, en clara sintonía con esta afirmación, nos legó una tesis sustantiva que afirma que “Las crisis argentinas son primero ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas”. Esta afirmación, que obra como orientación vital para mis indagaciones, retoma un interrogante de la época que hoy sigue cobrando notoria actualidad. Gerardo Oviedo , con certeza advierte que el pensamiento filosófico argentino de aquellos tiempos, implicaba “un estado crítico de autorreflexión sobre los destinos emancipatorios de esta nación sudamericana y del continente. Cierta conciencia de si. Una autorreflexión histórico intelectual, no sólo como un modo de encarar la prosecución de una tradición, sino como práctica para esbozar un horizonte de comprensión sobre nuestras expectativas vitales como mundo cultural y comunidad política”. Coriolano Alberini citado por el mismo Oviedo advertía, por su parte, que en ese momento histórico “Los pueblos de vocación ciudadana poseen una manera propia y espontánea de sentir la vida que se corporiza en creencias que llegan a expresar intuitivamente una axiología colectiva”, y Carlos Astrada, otro integrante de aquella notoria generación sentenciaba que: “El pueblo auténtico es una unidad de destino prospectiva, dinámica, deviniente en pos de estructuras que lo interpreten y le dan forma consistente de comunidad histórica, de fines claramente marcados y de medios excogitados con acierto. El pueblo cuando existe políticamente de verdad, es siempre la evolución o la revolución económica, social y política y así crea sus propias estructuras, dentro de las que ha de encauzar su vida y sus realizaciones". Estas afirmaciones, sin duda, refuerzan aún más la idea que fue objeto del ensayo mencionado al comenzar este prólogo, así como la enorme importancia que tiene el texto que Juan W. Wally presenta hoy en sociedad, para fundamentar nuevos hallazgos en esta línea de pensamiento.
Cabe advertir, para finalizar, que el valor del derrotero propuesto por Wally no se circunscribe a las conjeturas que se puedan hacer respecto de nuestro pasado. Cobra hoy notoria actualidad por que ejemplifica cómo una nación especifica ha reencauzado su destino a partir de la intuición de una generación que inicialmente se expresaba a partir de la producción artística. En tal sentido, venimos observando que nuevas generaciones impulsadas por razones similares a las de aquellos hombres y mujeres, y otras vinculadas a su propio derrotero histórico, se encuentran hoy en condiciones de generar, forma y gestionar un movimiento de alto contenido estético, cultural y nacional.
Quiera el país que esa “nueva sensibilidad” que iluminó el espíritu de la generación décima forjando una conciencia nacional y popular, irradie el de nuestras futuras generaciones y las impulse hacia los cimientos de un destino nacional más justo y autosuficiente.
Quiera además, el país, que textos como el que hoy nos ofrenda Juan Waldemar Wally, proliferen y contribuyan a guiar a esas generaciones en su búsqueda ontológica; haciéndolos concientes de sus indudables potencialidades para explorar y cimentar nuestra identidad nacional.

Francisco Pestanha